El éxito que suscitó la extracción de gas de lutitas a gran escala en Estados Unidos de América (EUA) al final de la década de 1980 derivó en la llamada revolución del gas, una ola de exploraciones que consolidó la industria gasífera norteamericana. Este modelo de aprovechamiento intensivo fue matizado bajo el discurso de garantizar el abasto interno y, eventualmente, alcanzar la seguridad energética.

Simultáneamente, los proyectos de integración económica que condujeron a la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte incluyeron estudios prospectivos de yacimientos transfronterizos de gas, cuestión que colocó a las reservas mexicanas como uno de los objetivos de la agenda estadounidense. De ese modo, la explotación de hidrocarburos en México transitó por diversos momentos, que derivaron en la apertura a la inversión trasnacional mediante la reforma constitucional aprobada en 2013.

Este trabajo tiene por objetivo mostrar que la estimulación artificial de yacimientos a través de la fracturación hidráulica, se perfila como un mecanismo de despojo hídrico y de contaminación de las aguas comunitarias. Aunque la obtención de hidrocarburos favorecida por inyecciones en el subsuelo se remonta a la segunda mitad del siglo XIX en la costa este de EUA, el desarrollo de fórmulas mezcladas con agua genera un profundo debate. Es, además, una técnica empleada que garantiza la demanda de gas sólo para los sectores industrial, eléctrico, de servicios y transporte, los cuales se han favorecido históricamente.